Tuesday, June 30, 2009

El hombrecito rojo

Cada atardecer Maurice camina su delgado cuerpo, sus sueños y esperanzas perdidas, hacia el lago inmenso que misterioso, le espera día tras día. Unas tardes sus aguas lo reciben picadas, rebeldes, revoltosas, agresivas. Otras veces lo envuelve en la serena calma de los grandes espíritus de la naturaleza, abrazándolo con una brisa húmeda que como bálsamo calma su dolor.

Son las horas rojas del verano. Un degüello de cielos gotea rojo sobre el rostro caliente de la tierra.

Las familias buscan alegre solaz a orillas del que para ellos, es casi siempre un generoso encuentro con las vibraciones vitales de aquella masa de agua tan impresionante como impredecible. Una amplia franja de verde césped y añosos árboles con sus copas abiertas como sombrillas dan marco al paisaje lacustre, creando la ilusión de una frescura negada. Mientras unos corren, otros caminan, grupos de amigos se sientan a charlar y reír, sobre la baranda de piedras que da forma a la orilla de las aguas o sobre el césped acogedor. Las mascotas corren sueltas siguiendo a sus amos. Los niños dan vida al El Hombre Rojo

Maurice se sienta siempre en el mismo banco, bajo un árbol cuyas ramas casi tocan la tierra. Con movimientos lentos, cansados, rescata del fondo de su bolsa un violín que se vuelve rojo al contacto de la luz. Con lentitud penosa comienza a ejecutar antiguas melodías del sur, la mirada perdida en el horizonte más allá del lago. La magia de su arte innegable y la dulzura de las canciones invaden suavemente todo el paisaje. Los niñitos se acercan hasta el, curiosos y sonrientes, los adultos lo observan desde lejos, atentos al concierto, aplaudiendo cada interpretación. Los corredores le saludan con la mano sin detener la carrera. El hombre ignora estas manifestaciones, perdido en los recuerdos de las notas rojas.

Un disco solar ensangrentado, flotando en un mar fucsia desliza su camino eterno hacia el otro mundo. Poco antes de desaparecer, la tarde fueguina entrega el haz de luz plateada a la luna llena que discreta y distante, observa la escena.

Cuando el cielo todo ofrenda su marco oscuro para que la luna deslumbre en su bello resplandor, las últimas notas del violín desaparecen elegantes y melancólicas en la negrura de las noches negras del hombre rojo.

gramar

2 comments:

  1. LA QUE LO ESCRIBIO SALIO DE SU ZONA DE COMODIDAD APLAUSOS, APLAUSOS
    ESTE CUENTO LO PUEDEN LEER EL 10 DE JULIO EN SAGRADO CORAZON QUE HAY UN CONCURSO ORAL DE CUENTOS LIBRES
    SALUDOS
    LUCILLE

    ReplyDelete
  2. gracias Lucille. Siempre aprendiendo.

    ReplyDelete